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Mostrando entradas de agosto, 2025
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Orejas: El compañero que me enseñó a renacer Orejas, un perro cocker que rescaté, llegó un poco antes de que mi vida empiece a desmoronarse. No fue solo un perro: fue consuelo, fue pausa, fue hogar. En su mirada había una sabiduría que no necesitaba palabras. Acompañó silencios, vigiló sueños, y caminó junto a mí en cada duelo, en cada intento de volver a empezar. Su historia no se cuenta en hazañas, sino en gestos: el modo en que se acomodaba cerca cuando el dolor apretaba, cómo entendía sin preguntar, cómo envejecía con dignidad, enseñándome que el amor verdadero no teme a la fragilidad. Orejas fue testigo de mis renacimientos, y de mi enfermedad, y también protagonista de los suyos. Cada capítulo de su vida fue una lección: la llegada inesperada, la adaptación, la enfermedad, la vejez, la despedida. Pero también la ternura, la paciencia, la alegría de lo simple. En él aprendí que el tiempo compartido no se mide en años, sino en instantes que dejan huella. Escribí un libro a su memor...

La falta de arrepentimiento

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La falta de arrepentimiento: el espejo que el ego evita . La falta de arrepentimiento— es un tema profundo, delicado, y muy humano. Lo que duele no es solo el error cometido, sino la negación del daño, el silencio del alma que se niega a mirar su reflejo. El arrepentimiento no es debilidad. Es la puerta al cambio. Pero cuando el ego toma el volante, nos convence de que reconocer el error es perder poder… Cuando en realidad, es recuperar humanidad. Mensaje para quienes no se arrepienten (y para quienes sufren por ello) “No arrepentirse no es fortaleza. Es miedo disfrazado de orgullo. Es cerrar los ojos frente al espejo. Creyendo que si no lo ves… no existe.” A quienes viven en esa negación, podríamos decirles: El arrepentimiento no te humilla. Te libera. No reconocer el daño, no lo borra. Lo perpetúa. El alma que no se arrepiente se estanca. Y el estancamiento es el terreno fértil del sufrimiento. Para quienes sufren por la falta de arrepenti...

La incertidumbre

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 La Casa Sin Puertas Hay días en los que todo parece cerrado. Las decisiones pesan, el miedo se instala, y la incertidumbre se vuelve un cuarto sin luz. En uno de esos días, nació esta historia. Una fábula que no busca respuestas, sino compañía. Una historia que me recordó que, incluso cuando no hay puertas… aún podemos abrir ventanas. La Casa Sin Puertas Una fábula sobre la incertidumbre, la esperanza y el poder de mirar hacia adentro. En lo alto de una colina donde el viento parecía susurrar secretos, había una casa muy peculiar. No tenía puertas. Solo ventanas. Grandes, pequeñas, redondas, cuadradas… pero ni una sola puerta. La gente del pueblo decía que quien vivía allí debía estar atrapado. Pero dentro de la casa vivía una mujer llamada Lía. Lía no estaba atrapada. Estaba esperando. Cada mañana, se acercaba a una ventana distinta. Algunas daban al bosque, otras al mar, otras a la nada. Y cada vez que miraba, sentía algo diferente: — A veces esperanza. — A v...