Orejas: El compañero que me enseñó a renacer Orejas, un perro cocker que rescaté, llegó un poco antes de que mi vida empiece a desmoronarse. No fue solo un perro: fue consuelo, fue pausa, fue hogar. En su mirada había una sabiduría que no necesitaba palabras. Acompañó silencios, vigiló sueños, y caminó junto a mí en cada duelo, en cada intento de volver a empezar. Su historia no se cuenta en hazañas, sino en gestos: el modo en que se acomodaba cerca cuando el dolor apretaba, cómo entendía sin preguntar, cómo envejecía con dignidad, enseñándome que el amor verdadero no teme a la fragilidad. Orejas fue testigo de mis renacimientos, y de mi enfermedad, y también protagonista de los suyos. Cada capítulo de su vida fue una lección: la llegada inesperada, la adaptación, la enfermedad, la vejez, la despedida. Pero también la ternura, la paciencia, la alegría de lo simple. En él aprendí que el tiempo compartido no se mide en años, sino en instantes que dejan huella. Escribí un libro a su memor...